Loyola de PalacioDe un modo espontáneo y profundamente sentido, organizamos un acto religioso para rezar por Loyola. Una misa funeral que se celebró el miércoles 20 de diciembre. No pretendíamos que la costumbre cristiana fuera un acto de sociedad. Difundimos el anuncio de la celebración entre sus colaboradores y compañeros de partido. La respuesta superó nuestra intención sólo en parte: la asistencia fue plural en todos los sentidos, sin embargo, el ámbito de lo espiritual no fue invadido por lo social. Gentes que admirábamos a Loyola y que, en diversa medida, la apreciábamos. Estábamos allí para rezar.

Un acto religioso que respondía a un guión perfectamente adecuado al recuerdo de Loyola. Una homilía (*) que parecía dictada por alguien cercano, muy cercano a Loyola. Chocante y paradójico, el oficiante principal, el autor de la plática, el padre José Magaña, nos dijo que conocía a Loyola “de lejos”, “de la televisión”. Loyola transmitía cercanía y su mensaje era genuino, así llegaba Loyola al corazón de los españoles. En opinión del sacerdote, Loyola era una mujer discreta y eficaz y, discretamente, se fué.

El padre Angel Salinas preparó la ceremonia con oportunas y emotivas referencias a la vida de Loyola. No olvidó su apego al País Vasco, ni tampoco olvidó la lucha que mantuvo con el comisario Fischler. La ofrenda presentada al altar: un frasco de aceite de oliva. Un simbolismo pertinente y muestra de agradecimiento por su eficaz trabajo, en favor de los agricultores españoles.

Unas hermosas canciones realzadas por una bellísima voz femenina, dieron aún mayor belleza a la misa. Para colofón el Himno de la Alegría, seguido por el Himno Nacional.

Salimos todos repletos de esperanza y de alegría. Alegría doble, la de aquellos que “descubrieron” los buenos pastores que Dios ha puesto al servicio de los españoles que residimos en Bélgica.

Juan Rodríguez-Villa
Presidente del PP de España en Bélgica
Miembro del Comité Ejecutivo Nacional

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